Somos frío que hiela la sangre,
andamos sobre un lago congelado
en donde tú y yo,
junto con la esperanza y el amor,
resbalamos en trampas quebradizas.
Hemos desprendido
de un tajo nuestras manos
en una caída abrupta,
cada uno por su lado,
en su propia fosa helada de realidad.
Nos extraviamos en la profundidad
oscura y gélida del agua,
hundidos hasta lo más hondo.
La tundra nos devoró
hasta ser dos esculturas
que reposan en la profundidad
de un recuerdo.
Inevitablemente mudos,
quebradizos,
con la mirada extraviada
en cualquier punto,
buscando sin encontrar.
Hoy corrientes nos arrastran
a otros océanos templados
en los que, poco a poco,
la mente y el corazón
iniciarán su deshielo.













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